De las historias de este pueblo mágicos

Miguelobo

Una noche de este verano hice un alto en el trabajo para irme al “Diana” a tomarme, una cerveza, eran las diez de la noche, lo sé con certeza porque calculé regresar a la media noche para terminar con la edición del día siguiente del diario. Era una agradable noche, de las especiales noches de Tecate, el clima perfecto en el pueblo perfecto.

Camine de poniente a oriente sobre la avenida Juárez las tres cuadras que me separa del “Diana” que está precisamente frente al parque del mágico pueblo pero antes de alcanzar la esquina para dar vuelta a la meta, a unos pasos del edifico del banco que se encuentra en la esquina, entre el estacionamiento y el edificio hay un pasillo que termina directamente en lo que fue la fuente de la “Diana”, en la parte de atrás del histórico bar. En una pequeña barda se encontraba ella, sentada, como esperándome pero no la había visto y tengo la seguridad que no estaba en ese lugar hasta que me habló.

Te he estado esperando -me dijo-, y tú lo sabes. Un escalofrío ligero, rápido, fulminante, me recorrió por todo el cuerpo, por toda la vida, en fracción de segundo mi historia recorrió mi cuerpo, aparecieron mis fantasma, mis muertos, mis vivos, los que amo y los que odio, mis maldades y mis virtudes, con una fresca y juvenil mirada me dijo -no te preocupes, no te espantes, nos pasa a todos pero algunos no pueden ver-.

Por mucho tiempo tuve la sensación de que algo iba a ocurrir en ese lugar, en esa bardita, en es precisó punto, como si una voz interna me dijera -pon atención en este lugar siempre que pases por aquí, algo va a pasar, tiene que estar atento-. La voz era agradable hasta cierto punto dulce -siéntate por favor, acompáñame- me dijo y yo me acomode a su lado.

“Ya te sabe mi historia pero no la has escrito ni publicado que es lo que más he deseado, tal vez tus miedos y tus temores son más grandes que tu vocación, tienes que aprender a vencer tus miedos para ser libre, para ser pleno, para convertirte en “un ser humano”, y para que los nuevos habitantes de Tecate se enteren que viví en este hermoso lugar y fui muy feliz y sigo siendo muy feliz. También sé que tu seres muy feliz en Tecate, eso me gusta y por eso te he contado mi historia”.

En ese momento comprendí que sí conocía su vida. Incluso cuando había visto los rostros de sus descendientes se me hacían conocidos, ahora por fin comprendía, tal vez cada que pasa por este lugar ella me contaba retazos de su vida, de su historia, de su felicidad, y yo no comprendía.

Estuve horas platicando con ella, tal vez mi oficio de entrevistador, me permitió escucharla sin interrumpirla, sólo para preguntar cuando no tenía claro algo, me dijo y lo vi en sus ojos que vivió en Tecate, que fue muy feliz y que aún lo era por eso se paseaba por este lugar, también me dijo que cuando quisiera conversar con ella caminara por este lugar, “no me vas a ver -me dijo- pero eso no importa podremos platicar”, me contó sobre su esposo, como lo conoció y como se enamoró de él, de cómo construyó una familia, de su niñez, de su juventud, de sus amigos, de sus familiares, sus padres y sus hermanos, las fiesta y las celebraciones del pueblo y de su familia, me dijo que su historia tiene más de 50 años que término pero que ella sigue siendo feliz. Entendí que jugó basquetbol o volibol y que fue buena jugadora.

Me habló de sus hijos, de sus nietos y de los que siguen, de los bailes en el parque, de la comida, de los deportes, me dijo que cuando joven fue reina de un importante evento del pueblo mágico, cosa que he comprobado porque después vi fotos y escuchado parte de la historia de quienes la conocieron o saben de ella. Le pregunte si podía visitar su timba y me dijo que el día que quisiera y que sólo fuera al panteón y caminara de esa manera la iba a encontrar.

En un momento me indico que era tiempo de que fuera por mis cervezas al “Diana” y que publicará su historia, cuando llegue al bar me di cuenta que seguían siendo las diez de la noche. En alguna ocasión al caminar por Tecate me encontrado con algunos de sus descendientes. A partir de esa noche regularmente camino por el pasillo cuando voy al “Diana”, gracias a ese pasillo me enteró de otras historias de mi pueblo en donde soy intensamente te feliz.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

De cuando Francisco Villa estuvo en Tecate, de cuando vino a devolver la frontera

miguelobo

 

Le dijeron que el presidente municipal lo quería ver, Villa se acarició el legendario mostacho y dijo: “mejor no, ya me platicaron como se porta y no sea que lo mande yo a fusilar, además que dicen que es bien priista, ¿Así como pues?, mejor vamos pa’l campo, de donde somos, con estos ladinos no se puede, nunca van a cambiar.

 

El general siguió con la mirada la caída de las doradas hojas de los árboles del parque de Tecate, -en una inmemorable dorada tarde-, el mayor de los dorados respiró profundo para fijar bien el recuerdo; para que nunca se le fuera a olvidar: “Que chingón esta Tecate compadre”, y luego preguntó: ¿Y porque chingaos no habíamos venido antes?, nadie le respondió.

 

Compadre ya se dio usted cuenta de que hay ladinos que se visten de azul pero ni así se les quita lo priista, no sé porque se me hace que esos son los más hipócritas, eso son los que más chingan al pueblo, ¡No si te digo!, tanto chingarse para que regresaran los mismo nomás que ahora disfrazados de defensores del pueblo y de la democracia.

 

Lolo lo vio llegar; jalar la silla; sentarse y estirar las piernas. Mientras trataba de reconocerlo; de recordar donde lo había visto le preguntó qué quería tomar, Villa revisaba la carta. Preguntó  porque tanto letrero en ingles para nombrar la comida y dijo que si no nos alcanzaba el castellano como para andarles robando el idioma a los güeros. El general pidió una “Bohemia” y una carta en castellano: “Para saber por lo menos que chingados voy a comer”.

 

Oiga compadre, también hay unos amarillos –ladinos desde luego-, esos están cabrones, son una sucursal priista, lo que ya no quieren en el PRI pues lo avienta para allá y listo, lo peor, compadre, es que dicen que les roban las elecciones pero no hacen pedo y ahí siguen, no compadre, hay que tener vergüenza; dignidad; orgullo de ser mexicano.

 

Mientras Villa se limpiaba la cerveza de los bigotes con el antebrazo, Lolo le explicaba el menú y la preparación de cada platillo, el general lo interrumpió para pedirle unos sopes y un menudo: “Pero que este bien caliente y sabroso”. El general inspeccionó el parque de Tecate; recorrió con la mirada cada lugar; cada personajes, movió la cabeza en gesto afirmativo: “Me gusta –dijo-, esta bonito, esta chingón”, volteó el rostro hacia el poniente en el momento en que el sol enceguecía la mirada; deslumbraba, Villa volvió a respirar profundo, esta vez para sostener que: “Esta cerveza es chingona nomás por el agua de Tecate”, y dirigiéndose al compadre le dijo: “Nomás hacemos el mandado y nos regresamos para acá”.

 

Al paso de un panzón con aires de funcionarios públicos –partiendo plaza-, Villa, tras observarlo con ese ojo clínico, lo señaló y dijo que seguramente era uno de los opresores del pueblo: “Me dan gana de fusilarlo porque a leguas se le nota que este es del mal gobierno”, apurados y a coro los presentes le respondieron que no, que no lo fusilara porque era el señor Sindico municipal.

 

De la mesa de al lado un paisano le preguntó: “mi general ¿Dónde están Los Dorados?, Villa le respondió que esperando a que el pueblo se harte de tanta miseria; de tanta promesa; de tanto agachar la cabeza; de tanta pobreza; de tanto abuso. Se levantó  golpeando la mesa: “¿Que nos les duele como los tratan; porque aguanta; porque son cobardes?, ¿Qué no ven  tanta pobreza; tanta miseria?, caminó al oriente mientras acusaba; “Se me hace que aquí hay puro ladino, mejor vámonos compadre, que estos ni para compromisos sirven”.

 

Villa se retira del parque, un improvisado grupo de músicos lo acompaña, le cantan: Oye tu, / Francisco Villa / que dice tu corazón / ya no te acuerdas valiente/ que atacaste a paredón / ya no te acuerdas valiente / que tomaste a Torreón

 

Como a las tres de la tarde / silbo la locomotora/ arriba, arriba muchachos / pongan la ametralladora/ como a las tres de la tarde / silbo la locomotora

 

Adiós torres de Chihuahua / adiós torres de cantera/ ya vino Francisco Villa / a quitarles lo pantera / ya vino Francisco Villa / a devolver la frontera.

 

Cuando el presidente municipal llegó al lugar -acompañado de “los notables del pueblo” y de los organismos intermedios-, hacía rato que Villa se había ido. El alcalde preguntó por él y le respondieron que ya se había ido pero que iba a regresar, que no dijo para cuando pero que regresaba, con esta información el alcalde de Tecate se retiro con todo y comitiva del parque.

 

Don Chavira –anciano campesino-, dijo: “Qué bueno que mi general no vio a esta bola de ladinos, porque seguramente si los fusila, mira si no son cínicos”.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

No era conmigo el asunto pero el compa me estaba boleando los zapatos

De las historias del parque de Tecate

miguelobo

Fíjate compa que andaba buscando a Silva, se fue pa`l  casino pero me encontré a la otra Silvia ahí en el “Aztecas” y que me deja todo gediondo, ha de ser el pinche perfume o última hora ni se ha bañado. Don Pepe, bolero profesional, artistas en dos tiempos, músico y bolero, me contaba una historia cuando los interrumpió don Francisco Vázquez, del meritito Culiacán, Sinaloa, con la historia de la gediondez. La neta no era conmigo el asunto pero el compa me estaba boleando los zapatos.

El músico-bolero se le quedo guachando, mientras el culiche miraba para la iglesia pero a lo lejos, como buscando en el recuerdo

Le dije –feliz navidad-, y la pinche vieja que me da un abrazo apretado que me dejó todo gediondo por el perfume que traía. Eso fue en la puerta del “Aztecas” a las dos de la tarde y ahora no se cómo quitarme esta pinche gediondez, ta’ cabrón compa.

Cuando la conocí le dije que andaba buscando a Silvia y ella me dijo –yo soy Silvia pero no soy la Silvia que anda buscando porque la Silvia que usted anda buscando es rubia y soy morena”.

Don Pepe, no dijo nada, solo lo miró y siguió con su trabajo, la historia de él quedo inconclusa, si fuera norteño –músico pues- ya hubiera hecho un corrido con el pedo de la gediondez de don Francisco pero a don Pepe le gusta el rock, el jazz y el blus, así que el corrido de la gediondez no aterrizó en mi pueblo.

Don Francisco daba cuenta del inventario de los detalles del encuentro con la gedionda mientras el día bordeaba la dorada tarde. Enfrente, el bar asumía su condición espejismo de oasis en medio desierto. Para ser franco mientras don Pepe me platicaba –antes de que llegara don Francisco-, repasaba le ruta al terminar de la boleada. Primero para enfrente a chingarme un clamato acompañado de una cerveza y luego a ver qué pasa pero mientras don Francisco platicaba la historia de la gediondez cambie de plan, ahora mejor para el “Aztecas” para conocer a la tal Silvia.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Amor de los dos

miguelobo

Primero la historia llegó a mis oídos, así nomás de rozón. Aquella noche entré en el bar, -ese que esta frente al parque-, para someterme a un buen rato de ambiente sórdido; alternando dos o tres cervezas por un clamato y nuez de la india; escuchar de la rockola una rola de “Los Panchos” o “Santana”, en el bar solo estaba una pareja; Miguel el de la barra, -que lavaba vasos y acomodaba su lugar de trabajo-, y yo.

Mientras yo me emborrachaba la pareja discutían sobre una infidelidad de alguno de los dos, la discusión se centraba entre los argumentos de la sospecha y la negativa del acto que se apoyaba en el chantaje, -¿No sé por qué te portas así?, ¿Tal vez eres tú quién andas en malos pasos?-. Solo dos bancos me separaban de la pareja; no los miré; no quise; empleé el tiempo en construirlos, en imaginarlos, solo el golpe de  sus voces llegaba hasta mí y con ella llegaba también los fragmentos de historia; construí los enérgicos movimientos de sus manos; las miradas; los rostros y la variedad de gestos; especule con su vida en pareja; el momento en que se conocieron; el instante en que el amor los llenó de solidaridad, de humanidad, en que se convirtieron en pareja; los vi en una madrugada contándose sus intimidades, sus miedos, sus angustias, los sueños, desnudar el alma.

A la tercera ocasión que yo ponía una rola; un texto de Renato Leduc sobre el tiempo; texto que acompañan de música y de esta forma la convierten en “canción”; ella me dijo que esa canción estaba muy bonita sobre todo porque hablaba del tiempo, ese fue el primer contacto con ellos, así de rozón, así de sencillo. Adentrados en la noche y en los tragos, intercambiamos opiniones sobre algunas canciones; sus autores, los cantantes y los recuerdos, así nomás de puro rozón.

El segundo contacto; el siguiente fragmento de la historia, la segunda entrega; fue al siguiente día, en el mismo lugar. La pareja llegó después; ya casi a las doce de la noche y se sentaron en el mismo espacio que la noche anterior, esta vez ya no había ninguna duda sobre la infidelidad; el bar estaba casi desierto como escenario indicado para este tipo de drama.

La mujer pasó de ser la ofensora para convertirse en verdugo de un hombre desesperado. Él le recriminaba la infidelidad, ella al principio no lo aceptaba y se escabullía pero él fue muy firme en la acusación hasta que ella terminó por aceptar que era cierto pero inmediatamente convirtió la acusación en una salida a su favor, -no lo voy a dejar, prefiero irme de la casa pero a él no lo voy a dejar-, le dijo y el mundo se acabó para él; enmudecieron un largo ratos; Joan Sebastián y su “cachetitos de manzana” que volaba desde la rockola se apropiaron del lugar y danzaron tratando de rescatar del dolor a un hombre al que se le había terminado el mundo. Le temblaba la voz cuando le dijo que no se fuera; que estaba bien; que reflexionara; que lo que hacía estaba mal; sentí lágrimas en sus palabras cuando le dijo que la amaba; que ella era lo único que él tenía; que no lo dejara; que por favor no lo dejara porque se moría; la respuesta fue la misma, -no lo voy a dejar por ningún motivo-, el hombre se aferró a la única salida que en esos momentos tenía su vida y aceptó; volvieron a quedarse callados; él preguntó que quien era el otro pero no obtuvo respuesta.

Ese verano; nos vimos con cierta regularidad en el bar; eliminamos los dos bancos que nos separaban y juntamos nuestras borracheras. La pareja se veía feliz, un matrimonio maduro totalmente feliz; en ocasiones solo llegaba él, yo nunca pregunte por ella; ella compartía su felicidad y su amor con la otra pareja.

Me incorporé a la historia y al drama una noche que lo vi llorando; no me sorprendí y le dije que nos fuéramos a otro lado porque ese noche el bar sencillamente “estaba hasta la madre”; y nos fuimos con el teatro a otra parte, caminamos en busca de otro lugar para empedarnos, cuando atravesábamos el parque me dijo- tú ya sabes que pedo con nosotros-, no esperó respuesta y siguió, -la hija de la chingada me dijo otra vez que me iba a dejar, solo porque le reclamé que ya casi no estaba en la casa, ¿Sabe que me dijo?, que si no me gustaba se iba de la casa, ¿Como ves a esta hija de la chingada?-, él siguió con el monologo mientras caminábamos rumbo a la emborrachaduría, -me dijo que ya estaba hasta la madre de correr de una casa a la otra y que mejor o se lo traía para la casa o yo me iba a la de él, ¿Cómo vez a la hija de la chingada?-, se movía entre el coraje y el dolor, entre sus valores y la impotencia. Nos sumimos en la peda al ritmo de una mujer gorda nalgona que nos hostigó toda la noche para que consumiéramos más rápido las cervezas; mientras el grupo más desafinado y ruidoso de la región “hacía música en vivo”. De repente se me quedó viendo y me gritó, -¡le dije que sí!, pero que no me dejara-.

A punto de terminarse el verano, el bar se fue llenando de “parroquianos”, la pareja se convirtió en un trio, ella se veía radiante; hermosa; segura; feliz, los tres daban la impresión  de un matrimonio con el hijo festejando en un bar, el tercero en la escena de amor tiene la mitad de años que ella; es de los que se pueden calificar como “buen tipo”.

Poco a poco la mezcla se fue homogenizando; el alcohol y el bar ayudaron mucho. El invierno llegó y se estacionó en el pueblos pero en el bar el tiempo se había detenido y nos acostumbramos a verlos; a los tres; siempre juntos; como una familia. Con el pretexto de las fiestas de fin de año me invitaron a su casa, eran un matrimonio feliz solo que eran tres; esa era la única diferencia; se llevaban bien; los dos parecían padre e hijo que lo mismo discutían de política que de futbol.

Una noche del nuevo año; una fría noche; ella entró al bar; se me quedo viendo muy cerca y empezó a llorar; no escondió el rostro; vi sus lágrimas; su dolor; sus hermoso ojos de miel, salimos del bar para sentarnos en el parque a un lado de la fuente como si cuidáramos la entrada del bar, le pregunté, -¿Qué pasó Brenda?-, se me quedo viendo, me dijo, -¡Se fueron; se fueron los dos cabrones; resultaron putos los dos; me abandonaron; han de estar en la casa de él; pinches putos, hijos de su puta madre!

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

EL BAR DIANA

Cesar García Velarde: GARVEL

 

El viernes 21 de enero fui al bar Diana. Para los que somos Tecatenses viejos, el bar Diana obligadamente nos trae recuerdos: unos gratos; otros alegres; otros chuscos y pocos de ellos malos o frustrantes. La verdad es que por lo general se la pasa uno bien. Ahí platica uno de todo: de política; de negocios; de deportes; de cultura; de chismes; de romances y etc. etc. Actualmente se observa una clientela mixta, lo que no ocurría antes. La liberación femenina ha favorecido pues, a negocios como este.

 

No digo que en tiempos viejos el Diana no tenía una mayoritaria clientela joven, como ahora, porque en tiempos pasados los jóvenes también éramos numerosos. Lo que pasa, creo, es que ayer, como hoy los jóvenes acudíamos al bar en tropel los VIERNES, cuando se iniciaba nuestro fin de semana. Los mayores era clientela normalmente de “entre semana”.

 

Así pues, los viernes y sábados eran días de bar Diana, ya que también, sobre todo en verano, se realizaban los alegres bailes que en los días previos a las fiestas patrias de septiembre, tenían lugar en el parque Hidalgo. En los bailes en el parque tocaba o una orquesta con todas las de la ley, o un conjunto de marimba, o ¡hasta la banda de Sinaloa! Nosotros, los jóvenes de la colonia Downey, nos trasladábamos al parque en “bolitas” de ocho o diez. Casi siempre a pie por toda la avenida Hidalgo y raras veces por la avenida Juárez. Ya en el parque, era de mucha “catego” tomarse un trago del Diana en un vaso jaibolero. La verdad, al menos yo, la primera bebida mixta o compuesta o jaibol que me tome, fue un trago preparado en el Diana. La bebida, fue un “JIM FIZZ”. Bueno, así le llamaban. Don Raúl Mateus, personalmente atendía el bar, aunque también tenia cantineros “buena onda” que siempre le ponían “un poquito mas” a los jaiboles que les pedíamos. Así que no se “apretaban”, como ahora el “Mike”. Recuerdo bien a un cantinero que duro mucho con Don Raúl y que se llamaba Dimas. Otras bebidas que recuerdo preparaban muy bien, eran los “screwdrivers” que luego supe que en español se llamaban “desarmadores. Los zombies era también una bebida muy popular.

 

Los tiempos que nos toco vivir, fueron tiempos de gran estabilidad económica. Los precios de todas las cosas eran fijos y moderados y estoy seguro que “antes” se vivía mejor: con mayor desahogo y menos angustias. Para esto, yo ya trabajaba en la cervecería Cuauhtémoc y ganaba como 570 o seiscientos pesos semanales. Cien pesos eran ocho dólares al tipo de cambio de 12.50 pesos por dólar. Los tragos o bebidas compuestas costaban ¡cinco pesos en el Diana! y las cervezas una peseta moneda americana, o tres pesos con quince centavos. ¡Cuatro cervezas por un dólar! O sea que con cien pesos se podía poner uno “hasta atrás”.  La policía municipal jamás, pero jamás, se metía con los ciudadanos. Solamente por cosas extremas intervenía esta, pero no existían –como dice Miguelobo- los tipos abusivos, déspotas, groseros y deshonestos que ahora padecemos. Era una autentica policía preventiva que jugaba su parte con decoro y dignidad. Por eso, al salir del Diana toda la clientela que ahí habíamos acudido, nos consta que esa policía haciendo su trabajo, se limitaba a vigilar nuestro trayecto a casa. No fueron pocos aquellos que habiéndose pasado de copas, recibieran la ayuda de Don Raúl Mateus, quien gentilmente le hablaba a la policía para “que le ayudaran a llegar a su casa”. Cuando los policías acudían en parejas, ¡uno de ellos le ayudaba al pasado de copas a manejar el carro hasta su casa! En una –solo una- ocasión… ¡yo fui uno de ellos. Así que en esos tiempos, ¡hasta de conductor designado la hacían nuestros policías!

 

En fin, este viernes 21, fue uno más de los días que disfrutamos de un buen rato con amigos de verdad y gentiles conocidos con los que platicamos de cosas diversas de nuestro Tecate de hoy. Ahí acudimos en compañía de Lauro Rodríguez y Juan Enríquez Gerard y saludamos a compañeros y amigos como Juan Manuel Duran, Roberto Solano, Sabino Rodríguez y Javier González, entre otros. Quedamos de regresar en breve en compañía de Miguelobo para agregar a esta breve crónica la obligada reseña grafica que, por supuesto, aparecerá puntualmente en LA CARRILLA.

 

Cesar García Velarde: GARVEL

garvel16@hotmail.com

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

LA CARRETA MISTERIOSA

Cesar García Velarde: Garvel

 

Era el tiempo aquel del Tecate antiguo, del Tecate en crecimiento y que fue el cobijo de satisfacciones y sinsabores de todos; de éxito financiero de pocos pero de alegrías de muchos que se sentían avanzar poco a poquito. La mayoría de nuestros Padres aquí encontró un trabajo y con ello un remanso de paz y de tranquilidad en compañía de sus familias. Aquí nos criamos muchos que, aunque no nacimos aquí, defendemos estas benditas tierras en forma decidida y apasionada. No conocimos en  los años de desarrollo nuestro propio lugar de nacimiento, así que la tierra que nos acogió generosa se convirtió con ello en nuestra casa, en nuestra autentica tierra. Por ello, nos dio también el permiso y el privilegio de contar con propiedad y conocimiento muchos de los tópicos de esta nuestra hermosa ciudad. Por eso, ahora iniciamos una serie de relatos que tienen como marco -aunque no todos- el Tecate antiguo de nuestros amores.

 

Pues bien, corrían los tiempos aquellos en que Tecate era prácticamente una ranchería, un pueblo. Esa particularidad daba pie para el relato de historias fantásticas, de cuentos de espantos, de “aparecidos”. En ese tiempo se formaban corrillos donde había gentes muy buenas para el relato de este tipo. Recuerdo que Víctor Amaya Márquez le ponía tanto “filing” a sus relatos que lograba que sus oyentes se encogieran “haciéndose bolita”, que abrieran los ojos desmesuradamente y que les sudaran las manos al escucharle.

 

Por aquel tiempo, venía desde Los Ángeles en vacaciones escolares un chico muy travieso de nombre Marco Antonio Salgado que era un año menor que yo. Todas las vacaciones del año anterior, de junio a fines de agosto puedo decir que la pasamos juntos, unidos en la practica de mil correrías de distinto tipo: unas inocentes; otras “muy salidas” y que no se pueden platicar. El año siguiente, que fue cuando ocurrieron los hechos que aquí se relatan, Marco Antonio llego a Tecate –recuerdo- exactamente el treinta y uno de mayo por la tarde. El sábado primero de junio muy tempranito por la mañana -que fue el día siguiente- ya estaba por mi casa en el callejón flores 623 de la colonia Downey. El, que es pariente de los Ramírez, vivía en la casa de estos en la calle trece de la propia colonia. En esa casa, que continua siendo de los Ramírez, vivió sus últimos años Leopoldo Barajas Serrano en compañía de su esposa Alicia Ramírez.

 

Las correrías de nosotros, que eran básicamente inocentes, eran típicas de los chicos de aquella época ya que en nuestro tiempo aun no nos encontrábamos “atrapados” por la televisión ni por el martirio absorbente de los video-juegos. No, nuestras actividades eran muy creativas y practicábamos mucho la exploración de nuestro entorno. Éramos pues buenos para manufacturar resorteras, ondas, arcos y flechas, papalotes, carritos con ruedas de bicicletas, valeros, trompos, deslizadores y etc. etc. Por aquel tiempo Marco Antonio y yo nos habíamos dedicado apasionadamente a la confección –y perfeccionamiento, por supuesto- de un “mortero”. Si, un mortero. Lo hacíamos con botes de jugo: tres a los cuales les quitábamos las tapas de ambos lados y uno que dejábamos como cámara de explosión. El bote que usábamos como cámara de explosión procurábamos que al abrirlo se le practicara un orificio en el centro de la tapa, el mismo que luego ampliábamos con algún objeto que podía ser desde un cincel, hasta un pedaso de madera previamente adelgazado en la punta y por supuesto redondo. Este bote que se describe como cámara de explosión, es la base del mortero y todos se unen con teip (tape), de tal suerte que los tres botes abiertos de los dos lados forman un tubo. Luego al bote “base”, se le abre un orificio en el lado del bote y en la parte de abajo. Nosotros usábamos como “bala” una pelota de tenis, la cual se mete en el tubo hasta el fondo hasta quedar pegada al orificio del bote (cámara de explosión). Luego viene lo peligroso: usábamos como combustible liquido de encendedor (la acetona también funciona) el que se le agrega por el orificio lateral al bote base y luego… ¡un cerillo! Si usaron la mezcla correcta la pelota se va a elevar ¡como cien metros!

 

Cuando “perfeccionamos” nuestro artefacto tuvimos un “publico” como de cincuenta chicos escandalosos y entusiastas que celebraban con gritos cada “lanzamiento”. Ese día sábado 28 de junio, Marco Antonio Salgado y yo nos sentíamos como Reyes o en el centro de un escenario donde fuimos las estrellas más aplaudidas y reconocidas por sus meritos “en campaña”.

 

Cuando todos se hubieron ido, pardeaba ya en esa tarde -casi noche- de ese ya lejano mes de junio. Marco Antonio, quien siempre traía dinero en la bolsa gracias a la generosidad de su Padre que cada 15 días venia de Los Ángeles a Tecate dejándole sus buenos dólares, me invito a ir por una soda a la tienda de Doña Lucia Barajas (Mama de los Barajas Serrano, Leopoldo y Panchillo) para “celebrar” nuestro éxito. Siempre, después de cada “jornada” diaria que por lo general tenia lugar en las calles Teziutlan, Acatzingo y callejón flores de la Downey, yo acompañaba a mi amigo hasta casi la calle trece por el lado de la vía del ferrocarril. Tecate era definitivamente muy oscuro en ese tiempo ya que no había alumbrado público pero esa noche era particularmente clara ya que una luna llena brillante y redonda iluminaba todos los contornos. Acompañé hasta la misma calle trece a Marco Antonio sentándonos luego sobre unas piedras mientras platicábamos jubilosos de nuestro éxito de ese día. Aproveche ese momento para abrocharme debidamente la agujeta de mi zapato, misma a la que se le había formado un nudo, cuando Marco Antonio reclamo mi atención: —¿Y esa carreta? ¡Mira esa carreta! ¡Mírala! — ¿Cuál? Respondí yo pero sin levantar la vista — Esa, ¡mira! Cuando yo levante la cabeza, no mire nada pero si vi con extrañeza a Marco Antonio.

 

Cuando Marco Antonio quiso llamar mi atención de la carreta que menciono, apuntaba al oriente, mas o menos frente a donde ahora esta la tienda de autopartes auto son. Por supuesto que la calle Prof. José Gutiérrez Duran ya existía, pero en ese entonces era apenas una brecha de terrecería mal trazada, la cual solo conducía al Rancho González. No pregunte nada mas al respecto ni el menciono nada: la verdad, no le dimos gran importancia al hecho.

 

Entre juegos, travesuras y correrías por la ciudad y sus alrededores transcurrieron los meses de vacaciones de ese año inolvidable. Recuerdo perfectamente el viernes 23 de agosto porque fue también el día del cumpleaños de mi Padre adoptivo Don Sidonio German Núñez. También recuerdo de ese día que hacia mediodía el cielo empezó a llenarse de nubes que presagiaban lluvia, cosa usual en los veranos de aquel entonces. Tecate lleno de vegetación en aquellos años, provocaba las lluvias de verano que eran intensas pero de corta duración. Eran “chaparrones” que hacían correr arroyuelos por todas las calles que eran de terrecería. Sucediendo esto en pleno calor resultaba un regalo ya que la lluvia no era molesta y a todos nos encantaba mojarnos y “chacotear”en los grandes charcos que se formaban… ¡hasta nadábamos! Llovió y llovió ese día intensamente como de una de la tarde a dos y media. Frente a nuestra casa, en la calle, se formaron verdaderas zanjas, pero no había problema…ni carros había en ese entonces. Al menos nosotros no teníamos uno. Después de la lluvia nos enteramos que como a las siete de la tarde habría un encuentro de “pícale” de “las que se junten” entre el “Panchillo” Barajas y un retador de “La militar”. El “pícale” es un juego que en ese entonces era muy popular entre los chicos del barrio y consiste en rebotar las canicas en una pared y gana aquel que cuando una de sus canicas impacta a una de las que se encuentran tendidas ¡gana! Fue un encuentro memorable que termino con el triunfo del “Panchillo” Barajas quien gano como ¡dos mil canicas! El encuentro termino como a las 10:30 de la noche y ahí se dieron cita Gabino, el “Papi” y Román Rangel, Fidencio y Miguel Meléndrez, el Tino Sánchez Melero, Lupito y el Jose Ávila, el “güero” Campa, Chemita Aldrete, Víctor Amaya que siempre se iba temprano porque si no “le atizaban”. También estaban varios de los Guerrero Olguín pero no me acuerdo quienes, y, por supuesto, Marco Antonio Salgado y Yo. El encuentro se dio en la propia tienda de Doña Lucia Barajas (afuera, claro) que hasta la fecha se encuentra en el mismo lugar: calle Acatzingo y callejón “E”. Cuando el encuentro termino, Marco Antonio y yo caminamos hacia el sur por toda la Acatzingo (hacia la vía del ferrocarril) Recuerdo que aunque ya no llovía, las nubes permanecían en lo alto del cielo habiendo, aunque esporádicamente, relámpagos con los que se suplía la luz de la luna llena que las nubes tapaban. Esa noche, mientras caminábamos lentamente rumbo a la calle trece donde Marco Antonio vivía, hicimos un alto en el camino porque este hurgaba en la bolsa de su pantalón buscando los garapiñados con cacahuate que tanto le encantaban. El dando la espalda al poniente; yo, de frente. Levante la vista cuando un intenso relámpago iluminaba la entrada a la calle trece ¡iluminando también una carreta jalada por dos caballos negros! Fue una vista fugaz de seis segundos pero clarísima. Yo, con la mano extendida esperaba los garapiñados que Marco Antonio buscaba en su bolsa y no me daba cuenta que el me decía que si no me los comía, entonces se los regresara. De pronto volví a la realidad. Me frote los ojos y… ¡no le dije nada a Marco Antonio! Me despedí apuradamente con un “entonces mañana nos vemos” di media vuelta y empecé a caminar apuradamente. Cuando llegue a la parte que hacia “lomita” mas o menos donde viven (o vivían los Lucero), inicie una desaforada carrera cuando las nubes habían tapado la luna y al no haber relámpagos, enmedio de una oscuridad absoluta. No sabia de que corría pero corrí en una frenética carrera que termino mal: caí de frente levantándome casi de inmediato cuando ya visualizaba la silueta de nuestra casa. Cuando hube entrado, mi Madre, quien se encontraba en la cocina aun, me miro con sorpresa y luego exclamo ¡hijo!, pero ¿que te paso? Me limpio el lodo de la cara y manos limpiándome luego con un algodón la sangre de los raspones que me había provocado al caer. Luego me mando a dormir. No se hasta cuando pude conciliar el sueño pero si recuerdo que di vueltas y vueltas muy inquieto en la cama.

 

Al otro día ya en calma, quise pensar que aquello que vi la noche anterior, era el trineo de Don Epigmenio Lanz. Luego, rectificando me decía que al trineo de Don Epigmenio lo jalaba un solo caballo: su yegua “la picolina”, y la picolina era blanca. Manchada. Pinta, pues. Entonces ¡no fue a Don Epigmenio a quien vi! Tenia miedo y no sabia porque. Luego me arme de valor y le pedí a Raúl Guerrero, mi vecino y a quien apodan el “caica”, que me acompañara a buscar a Marco Antonio Salgado a casa de sus tíos en la calle trece. Ya sin recelo camine con paso firme en compañía del “caica”. Cuando llegamos a la esquina este de esta calle, nos encontramos con un señor que era el tío de uno de los habitantes de la casa que ahí se encontraba asentada bajo de un encino. Ese joven al que me refiero y que era varios años mayor que nosotros se llama Alfredo García y le dicen “El machaca”. Cuando entablamos conversación con el tío de esta persona le pregunte si alguien de por ahí tenia una carreta. El señor respondió que no, que nunca había visto una carreta por ahí como la que yo le describí. “Que raro, le dije, estoy seguro de que ayer en la noche esa carreta entro por ahí, le dije, apuntando hacia la entrada de la calle que se encontraba como a unos veinte metros de nosotros. Imposible, me dijo el señor: “ayer en la mañana, antes de que llegara la lluvia, que ya se anunciaba, hice una zanja para echar el agua del otro lado para no inundarnos de nuevo. Ven, me dijo encaminándose hacia la calle. Cuando entramos a esta quede pasmado: ¡una gran zanja con la tierra sacada de la misma depositada a los lados, hecha en forma transversal a la calle en posición noreste suroeste hacia imposible que por ahí hubiera pasado la carreta que vi en la noche! Raúl Guerrero “el caica” y yo nos encaminamos hacia la casa de Marco Antonio. Yo sentía la lengua estropajosa y apenas si podía hablar. Pronto estuvimos frente a la casa de los Ramírez y no tuvimos que llamar a Marco Antonio, este ya salia y saludando sonriente pregunto que si cual era el “programa” para ese día. Pronto noto mi turbación y me interrogo con la mirada. Luego le pregunte a “boca de jarro” que me describiera de nuevo la carreta que el había visto. ¿Cuál carreta?, contesto extrañado ¡ya no recordaba lo que vio! Y, es que la verdad ninguna importancia le habíamos dado al suceso.

 

Cuando Marco Antonio hablo, a pesar del calor yo sentía que estaba helado. Cuando le platique lo que había visto la noche anterior, empezó a recular espantado. Bueno, hasta el “caica” quien no sabía nada del asunto, se puso nervioso y Marco Antonio ya ni quiso salir. El “caica” y yo ya no quisimos regresar a casa tomando la ruta de la vía, prefiriendo subir la loma de la trece hacia el rumbo donde vivían los “cuates Mujica” sin importarnos el largo rodeo para regresar.

 

El resto de los días del mes de agosto de ese año, Marco Antonio Salgado ya no salio. ¡Ni siquiera asomo la nariz! Luego volvió a Los Ángeles. El año siguiente por un buen rato ese caso extrañísimo fue el tema de nuestras conversaciones. Luego las aguas volvieron a su nivel. La juventud pujante e inquieta se impuso y el caso de LA CARRETA MISTERIOSA pasó a ser uno más de los recuerdos de contenido inexplicable en nuestras vidas.

Publicado en Uncategorized | 1 Comentario

“LOS ANGELES NEGROS DEL ZACATECAS”

miguelobo

 

“El mínimo derecho que se puede ejercer ante la imposición cultural, -o de cualquier tipo-, es el derecho de la voz: La crítica debe en nuestros países plantearse como una toma de posición, -como un juicio-, que trate de ser objetiva y lucida sobre una obra, corriente o grupo.                                                                  Antonio Toca Fernández

 

Frente a la rockola, la mujer inyecta las monedas en la ranura, preparando el siguiente momento, prepara el escenario, posando, modelando, calculando el impacto de cada movimiento, de cada giro, se sabe de memoria los números reservado para cada canción, las que le gustan y de las que gustan los clientes y amigos, que son los que aportan las monedas para ilustrar con sonidos el momento, pero ella de todos modos pasa revista al directorio, finge que busca y ubica, son los preliminares para concentrar la atención de la concurrencia, para convertirse en el blanco de todas la miradas.

 

Alguna tarde cuando el sol entra por las ventanas al billar y se estrella contra la pared, alucinando a los jugadores de carambola, la mujer toma su espacio y conduce la respiración, se pega al aparato reproductor de música, siguiendo la forma de este, es un pretexto para regalar un momento de placer, sabiendo que es observada con ojos de deseo, con miradas libidinosas, se mueve ligeramente, al suave ritmo de la música que aun no concurre a la atmósfera, frota las frondosas nalgas contra el ambiente del lugar, suave como el ritmo del sexo ligero, del amor en cama con mucho tiempo, sexo con todo el tiempo del mundo, movimientos de cadera ondulantes, tiernos, que se prolongan por toda la eternidad, sin mover los pies del lugar, todo el ritmo se concentra en sus caderas y en el seductor trasero, es un ritual que dura unos minutos, el sabor es para siempre, la imagen se queda en las venas y corre con la sangre, con la respiración, la vida se suspende, todo se congela, nadie se atreve a interrumpir el sagrado momento, la morena, la buenona está en la sinfonola, oprime lentamente las teclas para que la música se dispare en todas direcciones del billar del poncho, llevando hasta cada esquina el sabor de ese cuerpo moreno que camina por toda la piel, por todos los sentidos, sabor que se pega al cuerpo, que invade la falsa moral y la sacude, estremecimiento de insipiente conciencia, de descarga eléctricas que surcan la espalda, que brinca al sabor del placer, ganas que se ahogan en el miedo, el placer más grande es negarse el placer, el dolor mas cabrón es ver el placer de los otros desde las gradas de la miseria cotidiana, de los marginados de los sentidos.

 

La morena agita las voluptuosas nalgas con tropicales movimientos celestiales, afirmando su control del momento, no hay más que placer colectivo, comunión en el salón, sobre el paño en que las bolas disputan el triunfo, ese cuerpo de chocolate tiene la virtud de despertar del sueño alcohólico, de la hastiada rutina, es sexo lo que se respira, lo que circula por la carretera del espectador, la morena mueve la caderas, prolonga el movimiento, ahora acompañada por la melodía, la rockola vomita una vetusta rola de los “ANGELES NEGROS”, -“amor, adiós, no se puede continuar”-, la mujer poco a poco abandona el altar de la ceremonia, lentamente va dando paso al siguiente numero, hay un suspiro colectivo tras el cual el grupo oldis se empalma en el escenario, la pasión cambia de dirección, va al encuentro de los amores pasados, de la novia del pueblo, de la vecina, de la hermana del compa, tal vez la mujer de otro, el primer baile, el primer amor de contacto físico, la ganas, las ganas siempre las ganas reprimidas, la novia que nunca fue la amante, la frustrada amiga que invitaba a un inseguro galán, el regreso a los 15 años, a los 20, a los 30, a un pasado infeliz pero idealizado, ganas de llorar y de ponerse meloso, los de la barra ni por enterados se dieron, se perdieron del rito de la morena, pero más descansados bailan en las periqueras al recuerdo del siguiente dolor, del sufrimiento por todo lo pasado.

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario